¿Quieres venir a casa, nena?


¿Quieres venir a casa, nena?
Tengo un lemoncello
que robé
de uno de esos restaurantes caros.

No pienses que suelo a ir a esos lugares.
Y menos aún con otras chicas.
No hay otras chicas.
Solo tú.
Bueno, siempre está mi madre,
pero ella ya es una anciana.

Con ella fui a ese antro de aristócratas.
Nos acompañaba un tío alcohólico,
Sabes, en cierta forma
el sujeto
es un perdedor.
Aunque
pensándolo bien
tiene suficiente pasta
para ser medianamente exitoso.

Tu sabes.

¿Quieres, entonces, conocer mi pocilga?
No te preocupes, nena.
Es un eufemismo.
Todo está bastante limpio
y ordenado.

Lo hice pensando en ti, ¿sabes?
Pensé
en que quizás vendrías.

No te hagas ilusiones,
Tampoco soy tan pulcro.
No sea cosa
que pienses
que soy un perdedor.

Y cuando digo perdedor
no me refiero a esos con talento,
que escriben en español neutro,
y siempre tienen una buena excusa
para pelear ebrios en los bares,
hasta que mueren, demasiado pronto, de cirrosis.

No.
Me refiero a aquellos
que no toleran beber demasiado,
ni tienen marcas de batalla en el cuerpo;
Esos
con un empleo mediocre
y una vida mediocre
llena de anhelos mediocres
y espejismos momentáneos;
que no saben seducir a una chica como tu,
ni tienen sexo con chicas como tu,
y que limpian sus hogares
fantaseando
con que
algún día
lograrán
llevarte
a la cama.

¿Vienes entonces?
Ese lemoncello está esperandote.

Con el tiempo me he vuelto selectivo: Ya no tengo reparos en abandonar los libros, las películas, los discos que no me agradan.

Antes me obligaba a terminarlos, aún sabiendo que no me dejarían nada. Necesitaba devorarlos, deglutirlos, como si, de alguna manera, ello me volviera una persona mas culta.

Ya no tengo esa paciencia.
O memoria para recordarlos.
Atiendo el llamado y sos vos, 
que me saluda, como si nada.
Atónito, te pregunto si de veras volviste 
de entre los muertos.
Y no me respondes.
Ya no me respondes.

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El resto de la noche
la paso despertando
una y otra vez
creyendo oír al teléfono
que suena.

Desorden

Luego de mucho meditarlo llegó a la conclusión que el problema no era su insomnio, sino que los días venían mal ordenados. Uno debería amanecer como siempre, pensó, pero pasado el almuerzo, a eso de las 2 de la tarde, debería hacerse automáticamente de noche.  De esta manera, el espacio de la tarde, el mas abúlico, el mas sopopífero, el menos inspirado, se utilizaría para el descanso físico. Y recién al alba, con el pleno sol de mediodía despuntando, uno se iría a la cama.
Miércoles. 20 hs. Bar. Urquiza. Los dos viejos beben su enésima copa en silencio . En un momento, uno le hace una seña al otro. Su mirada, esquiva y vidriosa, recae sobre una niña de pantalones demasiado ajustados. Ambos la siguen un rato largo con la mirada.
- ¿Vos viste ese culo? 
-Si...
-Un espectáculo.
-Si...
-¿Vos sabes lo que le haría a ese culo?
- ...tenía 15 años.
-Bah... 
-...
-..igual... hace años que no se me para.
-...
Y siguieron muriendo en silencio. 

El mogo

Desde el fondo del bondi se lo vio venir. Avanzaba por el pasillo a los tropezones cual puber sin control de su cuerpo, chancleando con sus ojotas de marca. Apenas rellenito, intentaba disimularlo esgrimiendo principios de musculatura anaeróbica. Pero no: los granos purulientos, los anteojos demasiado profundos, la curita recorriendo de lado a lado su nariz y, sobre todo, la lengua apenas asomando por entre unos labios con hebras de baba seca lo delataban.
-Dame el asiento-, le espetó, seseante pero decidido, a un sujeto de unos treintaytantos años que ocupaba en una fila individual. Éste se sacó los auriculares, y le preguntó por que debería hacerlo. -Porque me quiero sentar-, fue toda la respuesta. -Pedí el asiento adelante-, sentenció el tipo. -No, adelante no quiero. No me gusta. -...y a mi no me gusta viajar parado. -¡Dame el asiento!-, dijo, elevando la voz. -No- respondió el sentado, exageradamente tranquilo. -Si no me lo das te pego. -...¿Eh? -Que te voy a pegar. -No.
La mano voló como trompada de valga la redundancia, para encastrar perfecto en el pecho del sujeto sentado. Adolorido, éste amagó con devolver el golpe, para arrepentirse a último momento. "Mogo de mierda", solo atinó a decir antes de volver a su butaca. Fue suficiente: el golpeante retrocede aterrado, lo suficiente como para trastabillar y caer de lleno sobre Señora 1, que lanzó un gemido ahogado. Señor 1, entonces, se ve obligado a interceder: ayuda al golpeante a levantarse y chequea el estado de salud de ambos; a la postre, lanza una puteada al sentado. Ahí es cuando Señora 2, que observaba la situación ofuscada, aprovecha la -literal- pegada para sumarse en el insulto. Y señora 3 también. El sentado se defiende con el único y pobre argumento que tiene, que el chico debería sentarse adelante: Igual encuentra rápido un par de aliados. Pero Señor 1, Señora 2 y Señora 3 están dispuesto a defender los intereses del golpeante que, confundido, ya no sabe muy bien como continuar la contienda. Veinte segundos mas tarde el colectivo se ha vuelto una turba de gritadores y puteantes. Al chofer, entonces, no le queda otra que interceder. Estaciona el vehículo, observa la escena y resopla. Evitando a todos y cada uno de los involucrados sacude del hombro a Señora NN, que a pesar de la bulla reinante aún se las ingenia para simular una siestita, como para que levante de una buena vez por todas su culo del asiento de discapacitados, que es donde, haciendo puchero, terminará viajando el golpeante el resto del trayecto.

Es domingo.
Anochece.
Llueve.

En una esquina
el cuerpo mojado
de un gato
sin vida.
A su lado,
mi vecina lo llora
en silencio.
"Era de la calle", dice.
"Yo le daba de comer", dice.
"Pobrecito", dice.
Y calla.

Es domingo.
Anochece.
Llueve.

FMM

Recuerdas, Claudio, aquella noche fatídica, transcurrida tiempo atrás? Esa de vahos etílicos y drogas blandas de baja gama,
de esa fiesta privada
a la que nos negaron la entrada?
Recuerdas a esa muchacha que, azarosa,
apareció de la misma nada?
Aquella de cabello enrulado,
enjunta y voluptuosa,
entregada a la necesidad imperiosa
de ser amada?
De las idas y vueltas,
del que vos,
del que yo,
del que vos,
del que…
para luego terminar,
los tres
tendidos,
en la cama?
Y luego de unos besos alternados
y el necesario despojo del vestuario
decidiste poseerla por detrás
sin siquiera consultarlo.
Asi quedé, yo por debajo,
del peso de ambos, depositario,
observando tu rictus orgásmico,
mientras tu sudor goteaba en mi cara
Recuerdas, Claudio,
recuerdas
el roce
involuntario
de nuestros genitales?
Yo no Claudio,
yo no.
Creo
que prefiero
no recordarlo.

Abrió los ojos a las exactas 11.11. "Debe ser una señal", pensó. Y siguió durmiendo.
Parecían hermanos: ambos canosos y ojerosos, demacrados a pesar del exceso de peso. Café de por medio, ventilaban penas de amor con sus ronqueras propias de fumador añejo. Ella contaba que había echado a su actual pareja por alcohólico, y que ésta vez no planeaba dejarlo volver. El admitía que, a pesar de haberse separado hace más de un año, ocasionalmente insistía en querer volver con su ex pareja, siempre sin éxito. Se escucharon mutuamente sin emitir opinión al respecto, y luego quedaron en silencio, cada uno mirando su propia taza.
 -Me debés 300 pesos- le dijo ella, luego de un rato.
 -No tengo- se justificó el.
-Nunca tenés- sentenció.
El no respondió.
-¿Me los vas a pagar?-volvió a increpar.
-Si, claro que te los voy a pagar.
-¿Cuando?
-Pronto. Cuando pueda.
-¿Ves esto? Yo hago un llamadito ahora, y en media hora te están cagando bien a patadas en el orto-dijo ella, mientras sacaba su celular y se lo mostraba. El quedó en silenció y bajó la mirada. Comenzó a revolver su café.
-Bueno, me voy- dijo ella y agregó -tu hija necesita zapatillas y vos no las vas a comprar, así que al menos dignate a pagar el café.
-Esperá. Te alcanzo con el auto-dijo él, señalando el taxi estacionado a metros del café.
-Voy para otro lado.
-¿No querés que vayamos a un telo?
-No, yo a vos no te cojo más.- le dijo ella, a modo de despedida. Agarró sus cosas, y se fue. El esperó unos minutos, dejó el dinero de los cafés sobre la mesa, e hizo lo mismo.

Soy de esos

Soy de esos
que después de garcharte
no quieren echarte,
sino charlarte. Soy de esos
que esperan un descuido
para meterse
por el rabilllo
de tu ojo,
a la búsqueda
de algo auténtico,
algo genuino,
algo más íntimo
que tu cuerpo desnudo
entrelazado con el mío
en una cama
que chilla.

Hoyo

Un día usted se despierta y, como todos los días, se dirige al baño a evacuar las exigencias de su fisiología. Allí está usted, orinando medio dormido, intentando embocarle al inodoro, cuando de repente levanta su vista y descubre un pequeño punto negro suspendido en el aire. Su primera reacción es creer que se trata de una, digamos, “licencia poética” de su vista. Pero no: usted frota sus ojos y nada; mueve su cabeza, y el pequeño punto se mantiene allí, cual pixel de plasma quemado, flotando en la inmensidad del cosmos, exactamente en su baño, y mas o menos equidistante entre su cabeza y el botón de desagote.

Quizás sea esa fijación por meter el dedo en lugares extraños lo que lo lleva a acercar su mano y querer tocar tal cosa. Craso error. El punto ejerce una succión inusual y desmesurada en su dedo índice, y se ve obligado a ayudarse con la otra mano para salir de tal embrollo. La situación, fugazmente cautivante -aunque necesitaría una escalera-, pronto se convierte en pánico. Usted no será un experto en física cúantica, pero tiene el suficiente bagaje cultural (esas historietas ñoñas que lee) como para, al menos, suponer que se trata de un apenas perceptible agujero negro. ¡Mierda! Dice para sus adentros.

Cuarentayochos llamados más tarde logra convencer a un astrofísico de que visite su baño. Y aquí las cosas se ponen un poco difusas. El astrofísico pronto se convierte en decenas de especialistas con toneladas de maquinaria, todos agolpados en su dos ambientes de 29 mts2. La situación, para que negarlo, le genera un poco de ansiedad: no solo por tener un agujero negro en su baño, sino también porque la tapa del inodoro quedó levantada y en su interior se pueden ver unas evidentes manchitas marrones que jamás se dignó a limpiar. Analiza usted entonces ponerse a explicar, a los gritos, que bueno, vive solo, que suele hacer la limpieza los sábados, y que tampoco esperaba visitas, menos aún a decenas de personas apretujoneadas en su baño. Pero no. Mejor no.

A la larga los especialistas deciden que si, que se trata de un ‘agujerito negro’ -si, ahora se le da por llamarlo agujerito-, pero que por suerte está estable y no parece que vaya a crecer. Conformes, se retiran todos, llevandose consigo la maquinaria, no sin antes clausurarle definitivamente su baño “por si acaso”.

El resto de su vida usted se lo pasará cagando en una maceta.