Soy un cyborg, nena
Me arruino si hay mucha arena
Sin un alma en pena
Aceite fluye en mis venas
¿no me ves? Hey!
Nadie nace como yo.
Al momento de pactar su inmortalidad jamás hubiera considerado la posibilidad de que una guerra bacteriológica erradicara a la humanidad de un modo tan abrupto. Pero allí estaba: rodeado de cuerpos en descomposición, un tanto aburrido, y con hambre.

Todo parecía indicar que iba a ser una eternidad muy pero muy larga.

Trabajo de campo

Si usted es hombre es claro que ha presenciado tal espectáculo. Incluso, si es mujer, pero alguna vez ha ingresado al habitáculo que se esconde detrás de la puerta con el rotulo 'hombres', es probable que también sepa de lo que estoy hablando. Siempre están allí, en cualquier baño público mas o menos concurrido: un grosero manojo de vellos púbicos flotando en el mingitorio, entre bolitas de desodorante y algún que otro chicle masticado.

Más allá del impacto visual que genera tal imagen, el hecho no deja de producir curiosidad. ¿Como han llegado esos vellos ahí? ¿Quién los ha dejado? ¿Cual es su objetivo? ¿Que es lo que conduce a un sujeto a arrancar su vello púbico para dejarlo en un mingitorio? ¿Lo hace con las manos? ¿O lleva una tijerita? ¿Es, acaso, una demostración de hombría que no logro comprender? ¿Un comportamiento que marca territorio, como si el compulsivo arrancador de vellos quisiera decir 'si, este es mi vello púbico, flotando en el mingitorio; este mingitorio, en consecuencia, me pertenece”? ¿O acaso existe una enfermedad que produce alopecia genital?

En vista de los acontecimientos, he decidido hacer trabajo de campo. Allí estaré, de 18 a 24, oculto en algún un baño público, simulando orinar en un mingitorio. De incógnito, observando, a la espera de alguno de éstos especímenes. Si me ven, por favor, háganse los desentendidos.

 Un saludo y hasta la próxima.
A veces
me pregunto 
si todas
esas cosas
que uno escribe,
todos esos 
sentimientos 
vomitados 
no son 
otra cosa 
que un artificio 
para ocultar que
en realidad 
uno
no
siente
nada.
Sábado. 4:30 am. Recién arribado, y por pura costumbre, abre usted la heladera. Allí está, fulgurante entre el macrocosmos que desdibuja esa lucecita de mierda: una porción de pizza. LA porción de pizza.
"¿Tengo hambre?" siente la necesidad de preguntarse. Y la respuesta sincera es un no: No solo su abundante cena lo han dejado sin apetito por el resto de la jornada sino que, incluso, debe reconocer una leve acidez estomacal subiendo por su tracto digestivo, producto de la cantidad indeterminada de ferneces que ha ingerido a lo largo de la velada.

Y sin embargo, no puede evitar observarla, curioso. Es perfecta. Incapaz, por su sobria cantidad, de ser propuesta de almuerzo; con su media masa y su jamon, con sus morrones incrustados sobre una generosa cantidad de muzzarella. "Que diablos, allá vamos", se dice a si mismo en un intento de volver simpática una situación un tanto decadente, mientras prende la tostadora y arroja allí, sobre el fuego, a su canapé gigante.

Diez minutos mas tarde habrá borrado de su cabeza todo el episodio. Recién volverá a recordarlo cuando, aún legañoso, intente tostar sus rodajitas de pan integral y se tope, de prepo, con el grasiento gratinado vejando sus fosas nasales desde el fondo de la tostadora, un lunes a primera hora.
Escrito hace varios años. Ocasionalmente tengo que recordármelo.

Escribir. Escribir porque sí. Escribir por las dudas. Escribir por práctica. Escribir sin razón, por inercia, solo para ver que pasa. Escribir y escarbar, y revolver entre la mugre, la piel, los intestinos, revolver entre la nada. Escribir y vomitar, sin detenerse, intentando que sea algo con forma, algo que nos regocije, nos llene, nos alumbre, nos sorprenda. Escribir para encontrar la falla, no solo en el texto, siempre imposible, siempre imperfecto, sino también en uno, siempre imposible, siempre imperfecto,  siempre abatido, siempre ocupado, siempre lleno y tapado y retapado con litros de tinta desgastada que forman capas insondables que ocupan, que ocultan. Escribir intentando encontrar un puñetazo en la quijada, despabilante. Escribir porque se acaba el tiempo, que pasa constante siempre inconstante, siempre mas rápido, y las piernas cada vez mas cansadas para alcanzarlo, y las arrugas que aparecen sin que desaparezcan los granos. Escribir porque es necesario, porque las palabras quedan chicas y ocupan espacio, pero vacían a otro, a uno, lo empujan, lo encaran, lo acosan, lo encierran, lo escupen, lo apalean, lo matan. Escribir de madrugada, cuando los ojos rojos, las lágrimas secas y el pecho entumecido buscan respuestas. Escribir porque es necesario. Escribir porque hace falta.



Desdén

De vez en cuando
sueño
con casas.

Casas,
que no son mi casa
pero que
en el sueño
si lo son.

Casas añejas
de techos altos
y vidas largas
que al igual que mi casa
necesitan refacción.

Entonces
lijo
y pinto
y cableo
y reparo.

Y al final despierto.

Aún dormido
recorro la casa
-mi casa-
y contemplo la desidia
con sus paredes escamosas,
sus pisos con pegote
y sus bollos de ropa
acartonándose al sol.

Entonces
me preparo un buen café
y juego
las cinco vidas
del candy
crush.

Freelance

A mi 
lo que 
me molesta
es la inevitabilidad
del asunto,
que tarde o temprano
tus demonios despierten
y me dejen
con el ¿corazón?
regurgitado
en la boca.

No sé.

Debe ser
que ya ando viejo
como para tener que buscar excusas
que eviten 
decirte que
algo
un poco
te quier

Mi tentempié de madrugada

Solo bastó con
lamer
la tapa de papel metalizado
para entender
que algo allí
no andaba bien.

Mas, absorto a lo que sucedía en pantalla,
hundí la cuchara en el potaje,
y procedí a llevarlo a la boca.

Rancio.

Mi postrecito light
de chocolate
estaba rancio.

Mi anhelado
tentempié de madrugada
yacía
espeso
y rancio.

Esporas mohosas
habían comenzado
a formarse
en su superficie.

No se muy bien por qué,
pero igual tragué
la porción
que alojaba en mi boca.

Casi pude sentir
el cosquilleo
en mi garganta
de esa pelusa grisácea
que indicaba
el comienzo de vida
fungicelular.

La fecha de caducidad indicaba un 28 de mayo.
¿Es que tanto tiempo había pasado desde su adquisición?
Mi memoria,
un dislate cronológico
concebía
a lo sumo
dos semanas.

¿Acaso era posible
que haya sido estafado
por la oriental del minimercado?
Pero si suele ser tan
amable.
Siempre me saluda con un
'hola amigo'
un tante hilarante.

En la pantalla
aún discurría la trama.
Pero ya nada importaba.
Pues me había quedado
sin mi tentempié
de madrugada.

Fantasías

Algún día escribiré un libro. Se llamará "el arte de hacer puré". No, no será un libro de defensa personal. Podría, es verdad, escribirlo, si quisiera. Pero no. Será un libro de cocina, con una sola receta. La recetá definitiva del puré. Tendrá tan solo dos páginas. Porque ni siquiera dirá con que acompañarlo. Y no, no involucrará nuez moscada. Pimienta, quizás, a lo sumo. Será un bestseller, lo sé. Figurará en la sección de autoayuda. Si, autoayuda. ¿O acaso hay algo mas práctico que saber hacer un buen puré? ¿O mas satisfactorio? ¿No es, acaso, una técnica de superación personal? Y soy el indicado para hacerlo. Soy un purista del puré, aborrecedor de los herejes fanáticos del puré aguado, Execrador de las practi-mamis-del-puré-chef. Tal es mi ortodoxia que, cuando dejé mi hogar natal, una sola cosa le pedí a mi madre: ese prensa papas incómodo, aparatoso, arcaico, motor de mis más oscuras fantasías.

Mis fantasías de puré.

Vacaciones

Por momentos,
esa necesidad de tomarse un respiro.
Bajar la guardia
y quitarse el disfraz.

Ser,
ante todo
y con todo
-tan poco-
triste,
gordo,
sordo,
bobo,
solo.

Y ya.

Quince

Felicidades,
ya tienes quince años.

Celebremos
que tu vagina ya sangra
y que tus senos
se están desarrollando.

Prende tus velas,
y baila tus valses.

Pronto 
estarás lista
para engendrar prole.

Festejemos.
Hay sanguchitos.