Finalmente falleció Susy


Finalmente falleció Susy. Algunos esperaban su muerte desde hace días. Otros, mi caso, desde hace años. Su vida fue deslizándose lentamente a lo largo de un tobogán neurodegenerativo, carcomiendo su memoria hasta llegar al vegetal.
El parkinson hace eso parece, también. No sabía. Solo conocía su faceta física, la incapacidad de controlar al cuerpo a voluntad; la de sacudirse en espasmos que no le permitían tomar la cuchara para alimentarse o mantener su cabeza erguida a pesar de la silla de ruedas. Al final, ni siquiera quedarse para quieta en la cama, con lo que vivía atada con correas al barral, y se alimentaba gracias a un tubo de goma directo a su aparato digestivo.
Susy era mi abuela. Y, lamentablemente tengo que reconocer que no recuerdo demasiado sentirla de esa manera. Quizás sea porque ella pedía expresamente que no la llamáramos de esa forma. Y es por eso que mi abuela es mi otra abuela, y ella es simplemente Susy.
Conservo pocos recuerdos de ella de antes de la enfermedad: Cocinaba rico, carne al horno con papas, y cosas por el estilo.  Nada muy sofisticado. Y solía acompañarme, llevarme mejor dicho, a natación, cuando todavía un prepuber que aguantaba orgulloso un minuto bajo el agua. Ella me observaba desde el otro lado del vidrio. Parada, con el abrigo en una mano y la cartera en otra. De espaldas a la cámara. Curioso como se forman imágenes en la memoria.
Si recuerdo como la enfermad empezó a carcomerla, lo que coincidió con mi entrada a la adolescencia.  La piba que la cuidaba no había funcionado, con lo que finalmente la internaron en un geriátrico a cuatro cuadras de mi casa.
Por esas épocas mi padre –junto con sus hermanos- aún la sacaban a pasear en silla de ruedas, y era común que el domingo al mediodía almorzara con nosotros. Luego del almuerzo, durante la consabida siesta, me dejaban con ella a solas en el comedor. Por lo general prendía la tele, cosa de evitar la conversación.
En una de esas tardes de domingo, una de las últimas, comenzó a reírse bajito. Un hilo de risa que se escapaba, apenas pero constante, de su sonrisa perdida. Recuerdo preguntarle, curioso primero, preocupado después, el motivo de la humorada. Y ante la no respuesta, le pedí que por favor pare, en varias oportunidades. Pero siguió riendo. La tensión hizo que pronto fuera a despertar a mi madre para pedirle que se haga cargo de la situación.
Así empezó, al menos para mí. Siempre intenté visitarla en el geriátrico, con mucha culpa y sin mucho éxito. La imagen de ese conjunto de viejos perdidos frente a una tv que nadie miraba resultaba demasiado cruda para mi sensibilidad adolescente. Así que pronto resumí mis visitas a dos veces al año -con suerte-, una de ellas en su consabido cumpleaños. Nunca entenderé esa manía de festejar el inexorable envejecimiento.
Una vez la saqué a bailar.
Y eso es todo.
Sus últimas palabras, antes de desvanecerse, insistían con una canción infantil que nadie nunca logró reconocer. Parecía feliz.
Fue raro ver a todos esos primos en el velatorio.

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