Squish


A mi no me vengas 
con pendejeces
a mi dame 
algo concreto
algo aprensible
algo palpable
algo que pueda tomar
con mis manos
abrazarlo
besarlo
pellizarlo
e intentar
cogmerlo.

Y si es no
es no.

No pasa nada.

Siempre puedo volver
a masturbarme
pensando
en esa chica
que hace cinco años 
que no veo
en persona.




¿Que querés que te diga?

¿Que querés que te diga?

Supongo aún no me siento del todo preparado para dar otra vez el salto hacia esa conforme conformidad
sin altibajos que es la pareja porque si.

Conozco de ello.
Conozco su compañerismo sin sexo y de labios secos,
Conozco su tedio de sonrisas petrificadas.
Conozco sus noches insomnes,
y la fantasías culposas;
La persecución de proyecto
tras proyecto
tras proyecto,
mientras repites
una
y
otra
vez
un lánguido 'estoy bien'
como un mantra.

No.
Creo que aún no estoy preparado para ello.
Mejor, mantengamos nuestras miserias por separado.

Si queres probemos
hablar de nuevo
en..
digamos
que te parece
otro
par de años?
En el cine,
los dramas son para el optimista,
y las comedias para el depresivo.

Ambos, a su manera, buscan lo mismo:
emociones que le son extrañas.

Ajenas.

Balcón


El fumaba un cigarrillo en su balcón.

Ella no fumaba, pero igual le hacía compañía.

-¿Alguna vez se cruzó por tu cabeza saltar al otro lado de la baranda? - le preguntó

-¿Debería?- respondió ella, luego de un largo silencio.

-No lo sé. Quizás. ¿Nunca te atrajo acaso la idea del libre vuelo? Aunque éste sea algo efímero. Efímero, como la idea de saltar al otro lado.

-Pero no es vuelo. Es caída. En picada.

-Así es como se simula la gravedad cero en la tierra. Un avión en caída libre desde la estratósfera. Son meros segundos. Y aún asi...

-Quizás deberías hablarlo con alguien. Con un profesional, me refiero.

-Solo era una pregunta. Y es tan solo un impulso.

-Por eso mismo.

-Supongo que no todos consideran la posibilidad de que el pasto pueda ser mas verde del otro lado de la baranda.

-¿Tenés obra social?

-No.

El dejó que la colilla se estrellara contra los adoquines de la calle.

Ella nunca volvió responder sus mensajes.

Soso

Siempre
habrá
gente
más inteligente
y más talentosa
y más interesante
que vos.

Siempre
-también-
habrá
gente
más bella
y agradable,
interpelable
y risueña,
con más calle e
historias,
con más vida recorrida.

E incluso,
si lo intentaras
-y temprano 
o tarde
lo harás.
Claro que lo harás-
tampoco podrías 
coronorarte
como el más pusilánime,
o el más patético,
el mas paupérrimo petulante 

No por ello
empero,
deberías acongojarte.
Dicen
que existe 
cierto placer
en la llana
y sin sobresaltos
mediocridad.

Y si
acaso
eso no alcanzara,
recuerda:
aún tienes
una sandwichera
que quedó de tu divorcio
escondida
en el fondo
de la alacena.

¿La encontraste?
Creo haberla visto
algún tiempo atrás
detrás
de esa lata
de palmitos.


Dialelo

Deberia
dejar de fumar.

Y también
debería
comer
mas sano

Y además
tendría
que
hacer 
ejercicio.

Pero
no puedo hacer ejercicio
si fumo tanto.

Ni puedo dejar 
de fumar
si además
pretendo
comer
poco.

Y tampoco creo
que pueda comer 
poco
si 
la intención
es no fumar.

Asi que
lo dejo estar.

Tarde
o temprano
las cosas
se acomodarán 
solas.

Supongo.

Ella revolvía su arroz con camarones sin muchas ganas, diseccionando las pequeñas partes del marisco que le daba impresión comer. El picoteaba su seco de carne, mientras la observaba un tanto molesto: al fin y al cabo había sido su propuesta ir a un restaurante peruano, luego de que no encontraran un lugar de pastas a esa hora por esa parte de la ciudad.

Cenaron en silencio, intercambiando algún que otro comentario respecto al mal servicio del mozo, o de otros comensales alrededor suyo. Solo se conocían hacia seis meses, pero parecían en pareja hace años.

Finalmente terminaron. Ella le propuso pedir la cuenta, y él, para sus adentros, lo agradeció. Ella le dio la mitad del dinero, pero él igual no llegaba. “Tenés más plata?”, le dijo. “Nop”, respondió ella. “Voy a un cajero”. En la calle, su primer pensamiento fue prenderse un cigarrillo. Y el segundo, no volver al restaurante. Pero igual volvió.

Durmieron juntos, vestidos, cada uno volteado hacia su lado de pared.
A la mañana siguiente hablaron.
Ella lloró a solas en el baño.
'Quiero irme', le dijo luego.
Se despidieron con un beso.
Soy un cyborg, nena
Me arruino si hay mucha arena
Sin un alma en pena
Aceite fluye en mis venas
¿no me ves? Hey!
Nadie nace como yo.
Al momento de pactar su inmortalidad jamás hubiera considerado la posibilidad de que una guerra bacteriológica erradicara a la humanidad de un modo tan abrupto. Pero allí estaba: rodeado de cuerpos en descomposición, un tanto aburrido, y con hambre.

Todo parecía indicar que iba a ser una eternidad muy pero muy larga.

Trabajo de campo

Si usted es hombre es claro que ha presenciado tal espectáculo. Incluso, si es mujer, pero alguna vez ha ingresado al habitáculo que se esconde detrás de la puerta con el rotulo 'hombres', es probable que también sepa de lo que estoy hablando. Siempre están allí, en cualquier baño público mas o menos concurrido: un grosero manojo de vellos púbicos flotando en el mingitorio, entre bolitas de desodorante y algún que otro chicle masticado.

Más allá del impacto visual que genera tal imagen, el hecho no deja de producir curiosidad. ¿Como han llegado esos vellos ahí? ¿Quién los ha dejado? ¿Cual es su objetivo? ¿Que es lo que conduce a un sujeto a arrancar su vello púbico para dejarlo en un mingitorio? ¿Lo hace con las manos? ¿O lleva una tijerita? ¿Es, acaso, una demostración de hombría que no logro comprender? ¿Un comportamiento que marca territorio, como si el compulsivo arrancador de vellos quisiera decir 'si, este es mi vello púbico, flotando en el mingitorio; este mingitorio, en consecuencia, me pertenece”? ¿O acaso existe una enfermedad que produce alopecia genital?

En vista de los acontecimientos, he decidido hacer trabajo de campo. Allí estaré, de 18 a 24, oculto en algún un baño público, simulando orinar en un mingitorio. De incógnito, observando, a la espera de alguno de éstos especímenes. Si me ven, por favor, háganse los desentendidos.

 Un saludo y hasta la próxima.
A veces
me pregunto 
si todas
esas cosas
que uno escribe,
todos esos 
sentimientos 
vomitados 
no son 
otra cosa 
que un artificio 
para ocultar que
en realidad 
uno
no
siente
nada.
Sábado. 4:30 am. Recién arribado, y por pura costumbre, abre usted la heladera. Allí está, fulgurante entre el macrocosmos que desdibuja esa lucecita de mierda: una porción de pizza. LA porción de pizza.
"¿Tengo hambre?" siente la necesidad de preguntarse. Y la respuesta sincera es un no: No solo su abundante cena lo han dejado sin apetito por el resto de la jornada sino que, incluso, debe reconocer una leve acidez estomacal subiendo por su tracto digestivo, producto de la cantidad indeterminada de ferneces que ha ingerido a lo largo de la velada.

Y sin embargo, no puede evitar observarla, curioso. Es perfecta. Incapaz, por su sobria cantidad, de ser propuesta de almuerzo; con su media masa y su jamon, con sus morrones incrustados sobre una generosa cantidad de muzzarella. "Que diablos, allá vamos", se dice a si mismo en un intento de volver simpática una situación un tanto decadente, mientras prende la tostadora y arroja allí, sobre el fuego, a su canapé gigante.

Diez minutos mas tarde habrá borrado de su cabeza todo el episodio. Recién volverá a recordarlo cuando, aún legañoso, intente tostar sus rodajitas de pan integral y se tope, de prepo, con el grasiento gratinado vejando sus fosas nasales desde el fondo de la tostadora, un lunes a primera hora.