La nona era mitad tana y mitad alemana, tenia unos ojos celestes de mirada profunda, y uno de los nombres mas surrealistas que he oído -Iris Venus-, aunque todos la conocían como Chita -"como la mona" aclaraba cuando era necesario-. Era bastante terca y cabezadura, y tenia un stock de anécdotas que no tenía problemas en volver a contar, siempre marcando la pausa en los mismos lugares, siempre manteniendo los mismos yeites en el relato.

Era un tanto aficionada a la bebida -"empecé a tomar vino a los cinco años"-, y cocinaba bastante rico. Si le preguntas a otros integrantes de la familia probablemente te hablen de sus ravioles caseros cuya receta incluía seso, o el matambre tiernizado al horno. Mi preferido, sin embargo, eran unos mas sencillos bifes a la criolla con puré, los cuales solía cocinarme los viernes por la noche, cuando era niño y solía quedarme en su casa a dormir. Luego de la cena, y mientras mi abuelo espiaba con carpa a las tipicas vedettes del típico programa humorístico televisivo, solíamos despacharnos con mi abuela unas partidas de generala o escoba del quince. A veces me dejaba ganar. Solo a veces.

La nona tenía 93 años, y vivió mas de lo que incluso ella hubiera deseado. Su partida, si bien era esperable, también es extraña: uno no podía evitar, erroneamente, darla por sentado. Como si siempre fuera a estar alli. Vivió como quiso, y se fue como quiso: tranquila, sola, en el living de su casa, en silencio y en paz.


Bucle


Tenés dulce de leche.
Entonces, haces crepes.
Y comes panqueques.
Pero sobran crepes.
Entonces, compras
dulce de leche.
Y comés panqueques.
Pero sobra dulce de leche
y entonces haces crepes.
Y comés panqueques.
Pero sobran crepes.

Oh, dulce 
dulce
paleta
con tus ecos a jamón 
cocido.

¿Quien sabe
los secretos 
que escondes en tu
interior?

Frustrancia

(Al viejo)
Así
que esto
es lo que debería
ser
la vida

Un trabajo intrascendente,
Una tele irrelevante,
Un pack de anhelos rotos,
Y descuentos
los martes
en el supermercado

Comer poco
Beber poco
fumar poco

Mendigar un polvo
de tanto
en tanto.

Engendrar prole
que mame
tu frustrancía

Anhelar críos
que te saquen
del letargo.




Mucho ego.
Poca autoestima.

Así te va.

cacharro

¡No somos novios!
Le gritó ella
al chabón
que me ofrecía
una bebida.

Hubo un silencio.

Bueno, le respondi yo.

Fue casi gracioso.

Mas tarde
quedamos en
que era
un "novio freelance".

A mi mucho no me cerró.
Pero bueno.

Problema

El problema no era que la toalla tuviera
olor a vagina.

El problema era que en esa oficina no trabajaba
ninguna dama.

Plaza


Uno nunca sabe como empieza exactamente el sueño, con lo que de repente se encuentra inmerso en medio de él, en una plaza desconocida, con un mate tibio medio lavado, unos apuntes de una carrera universitaria que desconoce, un teléfono celular con poca bateria, y un mensaje a ser transmitido.

La destinataria es su pareja, la mujer que usted aprecia, estima, quiere, aquella que día a día ocupa -contra todo pronóstico propio siempre tan poco optimista- un espacio cada vez mas relevante en su nimia e insignifante existencia.

El contenido del mensaje es, igual que el apunte, también difuso: algo relacionado a lo laboral, unos diseños ya terminados que necesitan aprobación, una pavada por el estilo. El paratexto, en cambio, es bastante claro: una excusa para intercambiar un par de palabras, saber que es de ella, que ella sepa que es de usted, colarle un 'te quiero' en la charla, robarle, con la respuesta, una sonrisa a su, aún, nimia e insignifante existencia.

Pero los mensajes -de whatsapp, facebook, texto, da igual-, no son respondidos. Y las llamadas repiquetean para siempre terminar estampando contra el monocorde tono que anuncia que dicho número se encuentra ocupado o fuera de cobertura. Desde la otra punta de la plaza, la cual atravesó gracias a su costumbre de caminar cuando realiza una llamada, mira a sus apuntes, a su mate, a su libro electrónico depositados en uno de los bancos, y se pregunta por que nadie se lo ha robado todavía.

Una elipsis poco clara, excepto en su consciencia, lo transporta a la mañana siguiente. Aún sigue en la plaza, con un mate ya frío que nadie se ha robado, y una angustia creciente por la falta de respuesta. Allí es cuando la ve a ella, a la mujer que usted aprecia, estima, quiere, en su bicicleta cotidiana, con un vestido floreado poco propio de ella, con unas ojeras y una boca desdibujada por la preocupación tampoco propios de ella, atravesando la plaza, distraída, rumbo al que, ahora recién entiende, es su hogar. No el de ella, sino el suyo.

Y usted le grita. Pero ella no oye. Y lo intenta de nuevo. Y otra vez. Hasta quedarse sin voz. Y entonces corre. Y se agita. Y grita, como puede, sin voz, sin aire, de nuevo, pero ella sigue su camino, sin inmutarse. Y la desesperación crece, porque sabe que ella lo busca a usted, y usted la busca a ella, pero parece que no hay forma de comunicarse.

En la puerta de su hogar, finalmente, la alcanza. Ella revuelve su bolso en busca de las llaves que usted aún no le dio, pero que estipula que eventualmente le terminará dando. Y toca su hombro. Y le dice 'aca estoy'. Pero ella no se da vuelta. Y entonces La sacude, la empuja. Al final también la besa. Y ella no reacciona. Y con sus labios aún en contacto y mirándola a unos ojos que lo atraviesan como si fuera invisible, usted entiende. Usted es pasado. Usted ya no existe. Y entonces despierta.

Mira su despertador, que también es teléfono celular. Son las 7:30 de una mañana de domingo. Piensa, por un instante, enviarle un mensaje de whatsapp. La excusa, contarle esta historia. El paratexto, clarísimo.

Al final usted se contiene: aún es demasiado temprano. Y mire si no le responde.
El problema
no es
que me esté
encariñando
con vos

El problema
es que sos
demasiado
volátil.

Bah.

Quizás
el problema sea
que me esté
encariñando
con vos,
que sos
demasiado
volátil.
Y con el tiempo
me descubro
-en gestos
poses
costumbres
respuestas
manías-
me descubro
un poco
cada vez más
parecido
a mi viejo.

Es una sensación rara
que mezcla
en partes iguales
orgullo
y
pánico.

uróboros

Historietas
sobre hacer historietas
y diagramar historietas
y vender historietas
hechas por gente 
que hace historietas
y diagrama historietas
y vende historietas
para gente que ya hace 
-o quiere hacer- 
historietas,
y diagrama 
-o quiere diagramar- 
historietas,
y también vende 
-o quiere vender- 
historietas,
que luego se compilan en libros 
de historietas
que solo terminan leyendo
otros que también hacen
o quieren hacer
historietas.

No sé. 
Como que esa endogamia 
artística
artrítica
me aburre un poco.

O quizás
es que
no considero
que mi vida 
sea tan 
interesante

Pero bueno.


Sopor

A ninguno de los mozos parece importarle demasiado que la radio de clásicos insista en perder su sintonía una y otra vez. Quizás sea culpa de la resolana de verano, que se cuela por el ventanal y lo torna todo un tanto sopopífero.

Pido un cortado americano y una medialuna. Y espero. A mi lado, una mujer lee un manual sobre como cuidar a enfermos de alzheimer. Un poco mas allá una pareja -¿son pareja?- se sientan enfrentados. El deglute, de a largos pero espaciados bocados, una individual de muzarella. Ella ignora a la pizza, y también lo ignora a él.

Dos pasos antes de la mesa el mozo tropieza y vuelca la soda de cortesía.

El hecho, que podría parecer irrelevante, cobra cierta magnitud porque, a pesar de llevar todo en la misma bandeja, el sujeto ha logrado volcar la mitad del vaso, más no así al cortado, que permanece impoluto.

Como sea, el agua todo lo salpica. El mozo chista para si, y se lanza a buscar un trapo rejilla. Observo la la bandeja apoyada en la mesa. Observo a la medialuna, que no es de manteca, sino de grasa.

"Esa medialuna no es de manteca, es de grasa" inquiero al sujeto, "Es de manteca" responde tajante, trapo en mano, sin siquiera mirarme. "Pero... es muy finita", sugiero. "Nuestras medialunas son así", sentencia. Y se marcha. Aún me debe una soda que es claro nunca repondrá.

La mujer ha dejado de leer: ahora se maquilla. La mujer de la pareja -¿son pareja?- cedió y está comiendo una de las porciones de pizza. Igual sigue ignorándolo a él. Y el café está quemado. Y la medialuna, vieja. Y un olor a filet se expande desde la cocina. Y la tele anuncia otro crimen que pronto será irrelevante. Y la radio de clásicos insiste en perder su sintonía. Y el sol se cuela por el ventanal, y todo se torna un tanto sopopífero